miércoles, 8 de abril de 2009

Carta Abierta

A vos te lo digo. Sí a vos. Que decís que no te importa nada. Que decís que son todos iguales. Que decís que no te metés porque es inútil. Que decís “éste” país no se arregla más.Si, a vos te hablo. Tengo una mala noticia para darte: vos también hacés política. Cuando decís alguna de estas cosas, estás haciendo política. Pará. No te asustés. Que no estás solo. También hacen política Tinelli, Susana, Mirta, Pergolini, Pomelo y todos los pomelos que andan dando vueltas por ahí. Claro, muchos de ellos ni siquiera lo sospechan. Otro sí, pero se hacen los nabos.Te digo más, para que te termines de tranquilizar. Esa forma de hacer política que vos tenés es hoy ampliamente mayoritaria en la opinión pública. Se puede decir que está de moda y te permite transitar por la vida con cierta comodidad. No te vas a pelear en el cumpleaños de tu tía con la familia, ni a la salida de la facultad con otros pibes, no vas a hacer enojar a tu suegra, vas a quedar bien en el after office con las chicas. Es más: si querés reforzar tu costado seductor y no pasar por un absoluto hueco -que también mide, eh, sobre todo en las capas educadas de las clases medias altas urbanas. Sí, ser hueco, despreocupado y con un toque de cinismo es una actitud muy cool-, como te decía, si no querés dar hueco cien por ciento, podés decir que colaborás con Greenpeace en “salvemos a las ballenas”, esos animalitos tan lindos. O que donás tu vuelto en el hiper para “Felices los pobres”. Listo. Ahí tenés otro chamuyo en la onda sensible que es infalible en las mesas de Palermo Algo. Rematá con un “para qué voy a ir a votar, si siempre ganan los mismos” y te garanto que te espera una noche mágica con la rubia que sonríe mostrando un poquito la dentadura perfecta. Pero que te quede muy claro: sos un militante político. Tu comité (iba a decir unidad básica, pero temía que salieras corriendo) son los programas de la tele. Y los debates de tus congresos partidarios son los llamados de los oyentes a las radios. Y aunque no lo sepas, tenés un montón de candidatos. Claro, vos no los elegís ni los votás en ninguna interna, pero ellos sí te eligen a vos. Ya te expliqué por qué: porque ustedes son muchos. Entonces hay muchos políticos que hacen política hablando mal de la política para que a vos te guste lo que dicen, te sientas “representado”.Bueno. Tengo otra mala noticia para darte: te están tomando por gil. Ni siquiera te están ofertando un plan de gobierno ni, vade retro Satán, una determinada expresión ideológica. Que va. Lo que ellos quieren es que vos los votes, si es que vas a votar, claro. Lo único bueno de esto es que, si llegaran a ganar, podrás criticarlos sin culpas, total son políticos. Pero no quiero que te pongas mal. Por eso te voy a hacer una confesión: a veces te tengo envidia. Hay días en que siento que es todo tan inútil, tan difícil, tan cuesta arriba…Y te veo a vos, tan despreocupado y descomprometido, tan entusiasmado con lo linda que te queda la camisa nueva que te compraste, que te tengo un poco de envidia. Igual me dura poco. En general me pasa que, si me pongo así, apago la televisión y salgo a caminar. Y miro la calle y las ventanas de los edificios. Y pienso en barrios y pueblos que pude conocer. Y pienso en las caras sufridas que allí vi. Sufridas de pobreza, de exclusión. Y también pienso en mi hija. Porque, ojo, en tren de confesiones admito que tengo mi costado egoísta: yo quiero que mi país sea más justo porque pienso en mi hija. Perdoná, no te calentés, ya sé, dije “justo” y para que sea más justo hay que hablar de política, no?Pero pensá en esto. Apostemos al diálogo y al consenso: somos casi iguales. Vos y yo. Hacemos política. Sólo que yo lo admito.


Mendieta el Renegau

viernes, 3 de abril de 2009

La espera


Sólo pasaron cinco minutos y ya prendí la televisión. Quedamos en encontrarnos en mi departamento a las nueve; de la noche, obvio. No creo que exista en la historia universal de las primeras citas un encuentro a las nueve de la mañana. Y si existe, por lo menos conmigo, estaría condenada al fracaso. Miro el reloj y me siento en el futón. Por lo poco que conozco a Julieta deduzco que llegar tarde a-donde-sea es parte de su estilo.
En la tele, nada. Ni siquiera le doy otra vuelta al zapping. Mucho no le puedo pedir un sábado a la noche a los cinco canales de aire. Dejo en canal 7. Están dando Estudiantes - Vélez. No soy de ninguno de los dos clubes, ni siquiera están peleando la punta o el descenso, pero es el único de los cinco canales que no marca la hora ni la temperatura. Abro la ventana del noveno piso, y un escalofrío me recorre de hombro a hombro como si fuese una víbora. Antes de clavarme en el partido, en el ángulo inferior de la pantalla de canal 13 decía en blanco: 21: 14. T.: 25,6º. La tele miente. Voy a la pieza y me calzo la camisa mangas cortas que tengo preparada para cuando Julieta toque el timbre. No me la abrochó. No quiero traspirarla.
Goooool, escuchó desde la pieza el agónico grito del relator. Corro hasta el comedor -tres metros- como si estuviese jugando la selección. Siempre me pasa lo mismo. Escucho gol y es como si oyera la sirena de los bomberos y tuviera que salir deprisa para presentarme en el cuartel. En este caso el cuartel es la televisión. El gol lo hizo el "lechuga" Maggiolo para Estudiantes de La Plata. El gol fue horrible como su apodo. De rebote. En la tele lo repiten como si fuese el gol de Maradona a los ingleses. Miro por la ventana y la noche sigue inmóvil. Ni cohetes ni bocinas. Acá en Temperley ser de estos clubes es como hinchar por Turquía en un mundial.
Me quedo en la ventana. Por la vereda de Anchorena camina una sombra. No distingo si es hombre o mujer. Por momentos desaparece. Las cúpulas de los tilos la cubren por completo. Cuando cruza Cangallo distingo que es una mujer. Usa pollera roja hasta los tobillos. Apago la tele y prendo el equipo de música. Lisandro Aristimuño empieza a cantar. Vuelvo a la ventana. La chica de pollera roja no esta entrando al edificio como me imaginaba. Está sentada en el banco de la remiseria Las Torres, al lado de mi edificio.
Sigo esperando. El cielo esta despejado. Hay una sola nube inmensa que tapa la mitad de la luna. Flaubert dijo que si miras cualquier cosa más de diez minutos resulta interesante. Miro a la nube inmensa desplazarse y me da una sensación de calma. A medida que avanza, despacio, va dejando un horizonte de una oscuridad clara. Lo bueno de vivir en el conurbano, pienso, es que desde la ventana de un edificio tenés un horizonte de kilómetros, y no de metros, como en las ciudades capitales. La chica con pollera roja se sube a un Clio azul. La semana pasada la agencia de remises me mando ese mismo auto. Sigo el recorrido del auto desde la altura y parece un autito de juguete avanzando por la maqueta de una ciudad con muchos árboles a los costados. Desde la altura todo se ve en otra escala.
Me pregunto si alguien me estará mirando mientras miro. Hago un breve paneo y despejo la duda. Las persianas del alrededor están cerradas o a media asta. Por la noche una decena de murciélagos ronda por los edificios, y son pocos los vecinos que cambian la seguridad de su casa por el viento frasco que viene del exterior. Prendo la tele. Terminó el primer tiempo de Estudiantes - Vélez. Cincuenta minutos de demora pasan de ser un estilo a convertirse en un problema. Igual no la llamo. Abro una cerveza y apago la tele. Al tercer vaso me acerco, de nuevo, a la ventana. Con un litro de cerveza, también todo se ve en otra escala. El olor de los tilos sube hasta el noveno piso. Cierro los ojos para sentirlo más intenso. Respiro hondo, una, dos, tres veces, como si quisiera perfumarme el interior. Por Anchorena veo cruzar otra sombra. No la sigo con la mirada. Vuelvo a cerrar los ojos y a respirar hondo. Me olvido de Julieta, de la música, de los murciélagos, del partido, de la hora, y de la ventana.
Cuando abro los ojos en la calle no hay nadie. La remiseria parece cerrada. No llega ni se va ningún auto. En el cielo la nube inmensa ya no esta. Se desplazó o se rompió en mil pedazos. En la clara oscuridad de la noche de marzo la luna llena resplandece. El CD de Aristimuño terminó. En el departamento sólo se escucha el zumbido de la heladera. La cortina naranja flamea por el viento que entra por la ventana. Me abrocho dos botones de la camisa y apuro lo queda de cerveza en el vaso para sacar otra del congelador.
Apoyo la cerveza llena en la biblioteca. Antes de abrirla quiero poner algo de música. Es un buen momento para escuchar a Dylan. Agarro su último CD y lo pongo en el equipo. Lleno el vaso y me acerco a la ventana. Siento el viento en la cara. Sonrío. Levanto el vaso para tomar el primer sorbo. Me interrumpe el sonido del timbre que suena como el chirrido de un chancho. El reloj del celular marca las diez. Dudo en contestar. Tomo otro sorbo de cerveza. Y voy a paso lento hasta el portero eléctrico, para abrir la puerta de abajo.


Texto: Damián Huergo

Fotografía: Gabriel Magri

jueves, 26 de marzo de 2009

Ferias

10ma FLI(A)Feria del libro independiente y alternativa
Domingo 29 de Marzo
12 a 23hsen el estacionamiento recuperado por los estudiantesen la Facultad de Sociales, Azcuénaga 933 (Esq. Paraguay) Bs. As.
Más de 100 puestos de escritores, editoriales independientes, revistas, fanzines y publicaciones alternativas
Muestras de artistas visuales
Charlas, debates, presentaciones de libros.
Sala de proyecciones
Escenario con poetas y músicos en vivo
Radio abierta
Sorteo de libros
Comidas y bebidas para la autogestión de este espacio de encuentro y difusión de la literatura independiente.

La feria del libro independiente es un espacio alternativo, un encuentro importante para mucha gente que impulsa y genera otra forma de hacer, vivir y consumir cultura.Un espacio de libre participación, sin sponsors, ni marcas. Hoy nos convoca la lucha estudiantil, como todas las luchas enmarcadas por la recuperación de los espacios para la expresión del arte y las necesidades de los seres.
La flia se siente par a par en esta lucha porque reconoce ese camino, lo comparte.Apoya, convoca y difunde desde el libre acceso a la información y a la literatura, acercando a la comunidad el conocimiento de otras formas de edición ante la estructura monopólica de los contenidos culturales de la sociedad. Ubica a escritores y lectores en un mismo plano, y une desde el encuentro y el compartir espacios, generaciones de artistas en el camino por la libertad del pensamiento y las expresiones humanas, que van más allá del circuito de consumo del arte,rompen el envase de artículo para mostrar su verdadero contenido sin intermediarixs.
Te esperamos para compartir un domingo socializando la cultura libre y el crecimiento colectivo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Periodismo Cultural

Feria de revistas en La Plata, hace unas semanas ya: Si bien la jornada, como me viene pasando últimamente, empezó tardía (entre costera y la vida se me fue un vagón), la tercera parte de las horas estuvo bien: reencuentros emotivos y demases. Bien; como la verdad ya estoy perdiendo el hilo narrativo de mi vida en brumas de neurosis voy al grano: terminamos de comer la pizza con algunos amigos de allá, saludos, todo bien, subimos a la camioneta que milagrosamente habíamos pegado en ese reencuentro emotivo mencionado, y que por pudor generalizado, nombraremos a su conductor como Wilson; un viejo amigo, o conocido de zona sur, que tambiéne estaba con sus revistas vendiendo por ahí.
Bien, emprendimos con Wilson el regreso a casa. Nos confundimos de vía, pasamos por el boulevard de los trabas, volvimos, retomamos la 7, hablamos un poco del problema de base del rock nacional (es decir, el peronismo), del reggea-romántico-arjona que parece expandirse por el mercado musical actual como la mancha voraz, de las vicisitudes de hacer una revista cultural en un momento semejante de la historia de la humanidad y desde este punto cardinal del planeta tan inhópito como absurdo. Y bueno, en eso cruzamos por debajo de la autopista, seguimos de largo, yo dudé un poco del camino, porque de todas la veces que fuimos a la Plata, siempre siempre nos pasamos del enganche con la Belgrano, y esta vez no fue la excepción, le dije a Wilson, che, hay que dar la vuelta, y claro, no va que cordonea un poco que la chata se le queda ahí. Varada. En el medio de la noche de Florencio Varela. El motor se apaga. Momento suspendido, de esos que son como la misma cara del abismo (o lo que uno cree que debe ser el abismo, es decir, la expectativa). Y bueno, la palanca de cambio, al querer hacer primera, sonó como debe sonar un Troll de Tolkien haciendo gárgaras.
A las evidentes puteadas del Señor Wilson, le siguió el chiste fácil que nos caracteriza, y la verdad que el horno no estaba para hacer pizzas, ni para nada que se le parezca, nos bajamos de la chata y empujando de atrás, y con la tracción delantera que avanzaba a propulsión a puteadas, logramos subir la masa de chapa añeja a una estación de servicio. Teléfonos, más puteadas, el periodismo cultural me tiene las pelotas, chamuyo a una grúa de turno que cargaba gasoil, no, no me deja la empresa, porque me monitoriea desde la oficina (?), más teléfonos, al final, vuelta a empujar y la chata quedó ahí, en una estación de servicio de Florencio Varela, a la espera de un destino predeterminado si el devenir de los hechos no tomaba un rumbo alternativo; probablemente pocos iban a querer una chata llena de revistas culturales.
Subimos a un remís. Pero esas noches son de nunca acabar; y no son necesariamente las noches de excesos, de drogas, rockandroll y sexo (en aquellos que logran, claro, la frutilla del postre). Pero bueno, para hacerla corta, subimos por la Belgrano, Pasco a la derecha, y la niebla cósmica, cuasi nuclear, pos nuclear, de mad max, con ese olor a tóxico que inunda esa parte de nuestro querido Quilmes, avanzamos y a lo lejos vimos el remate de la anécdota: fuego. Montañas de fuego. Barricadas de fuego a una hora poco prudente para un oficinista devenido periodista cultural. El remís avanzó con la misma prupulsión que hizo avanzar a la tan desprestigiada chata, y de golpe, por arte de magia, el remisero dobló a la derecha. Wilson: flaco, no te mandes por esta porque nos van a la lichar. El auto que casi se queda en una calle de tierra, pega la vuelta, pregunta a los canas que encabezaban el piquete frente a la fábrica de vidrios (o lo que fuere), no, no te conviene ir por allá; es peligroso, y los tipos de atrás, encapuchados, con antorchas de fuego, parecía el fin del mundo, para escribir una novela pos apocalíptica hay que vivir en Quilmes, qué futuro? Hace rato que el futuro ya llegó hace rato. Pega la vuelta, da la vuelta más larga de la vida, vuelve a retomar pasco, nos deja ahí, en el cruce con Alsina.
Miro la hora: 4 de la mañan, en dos horas tengo que estar arriba. Otra vez.

Por Fernando Krapp

martes, 17 de marzo de 2009

Hoy vamos a estar acá, si pueden, pasensé.
Saludos

miércoles, 28 de enero de 2009

Ahora sí: Enero / Febrero en la calle


ESCRIBEN
Ariel Magnus
M. Laura Meradi
Damián Ríos
Juan Dicent
Andrés Neuman
M. Laura Fernández Berro
Gabriela Larralde
Jimena Repetto


Si quieren un ejempalr a domicilio, delivery "diez pinos": diezpinosprensa@gmail.com

lunes, 19 de enero de 2009

De eso se trata

Por Damián Huergo
Cada escritor tiene su familia literaria. Empieza a integrarla desde el momento en que siente el primer “escalofrío en el espinazo” con los ojos clavados en las páginas de un libro. Con los años esta situación se repite infinidad de veces. La familia, como la biblioteca, crece. Y un día, casi siempre una noche, sin esperarlo, sin presentirlo, el padre o la madre (alguno de los tantos padres y madres que suele haber en estas familias no convencionales) lo llama a la cocina, le acerca el cenicero para que ya no fume a escondidas y, mientras llena dos vasos de vino, se larga a conversar, de igual a igual, como pares. En el libro de ensayo Efectos personales, el escritor y sociólogo Juan Villoro develó algunas de las conversaciones que mantuvo con parte de su familia literaria. Sin embargo, como era de esperar en tamaño escritor, muchos integrantes y muchas horas de charla quedaron afuera. En el año 2007, a pedido de Matías Rivas, director de publicaciones de la Universidad Diego Portales de Santiago de Chile, Villoro preparó otra selección de ensayos que estaban desperdigados en diarios y revistas o que habían sido escritos para prólogos de otros autores. De eso se trata no es el lado B de Efectos personales ni un intento por armar un canon, sino un mapa que guía y alienta al lector a explorar mundos literarios que continúan, a pesar de las huellas de antiguos lectores, necesitando nuevas lecturas para ser completados.
El título del libro condensa dos postulados de la búsqueda literaria de Villoro. En la crónicaensayo sobre un seminario de Shakespeare dictado por Harold Bloom en la Universidad de Yale, narra el hallazgo del título en una traducción de Hamlet realizada por Tomás Segovia. Villoro señala que el poeta español encontró una alternativa a las expresiones habituales de “he ahí el dilema” o “esa es la cuestión”, y las reemplazó por el más sencillo, actual y cotidiano “de eso se trata”. Por un lado el título señala el rol de traductor del ensayista, al acercar al lector figuras remotas que portan un halo de dificultad como un musgo que impediría tocarlas; Villoro, consecuente con su estilo de escribir desde la mezcla, utiliza en sus ensayos un tono intermedio, como W. H. Auden, para atrapar a los recién llegados y, a la vez, abrir nuevos diálogos con aquellos que ya están familiarizados con los autores. Por otro lado, el título señala la intención declarada que tiene el escritor mexicano de “llevar el mensaje latinoamericano” hacia otras comarcas, siendo el lenguaje la bandera que contenga a millones de hombres y mujeres que transitan a lo largo y a lo ancho del mundo. En la lectura fronteriza que hace sobre el Quijote, se pueden leer en clave literaria las consecuencias de la situación de frontera de México con Estados Unidos. En el segundo capítulo, “Lichtenberg en las islas del Nuevo Mundo”, Villoro se plantea el dilema de “entender lo ajeno”, al otro, en referencia a los cruces de culturas entre América y Europa en los años de la invasión y en sus múltiples consecuencias y mutaciones con el pasar de los siglos. El curso que Juan Villoro dio en la Universidad de Yale, en el momento en que concurría al seminario de Bloom, se llamó “La idea de la Historia en la narrativa mexicana” y lo dictó a cinco días del alzamiento del Subcomandante Marcos (lector asiduo de Segovia) en Chiapas. “Las vacilantes noticias que llegaban desde México fueron parte de mi estadía y del nuevo rumbo que tomó el curso”.
Villoro retoma autores y diarios tan disímiles como El cuaderno gris de Joseph Pla, el Borges de sobremesa de Bioy Casares y los diarios de Thomas Mann y de Kafka. Villoro desmenuza las múltiples funciones de los diarios, ya sea como espejo para que el autor perciba sus transformaciones con el paso del tiempo, como lugar íntimo de cuestionamientos y donde exponer sus debilidades o como otra máscara de ficción que es escrita para la mirada del otro. Como vemos, la familia de Villoro es heterogénea y centrífuga. En la misma mesa el autor mexicano se sienta a dialogar con la narrativa de hechos y de acción del maestro Chejov y del púgil Hemingway; conversa con la narrativa de introspección de su admirado Onetti y con los monólogos de Lowry; festeja a Lawrence como “el ave fénix que encarnó la corriente intelectual de un solo hombre” y reconoce a Klaus Mann por tener “la inteligencia que paga sus dones con el alma”.
Parafraseando una de las frases más citadas de Tolstoi, se puede decir que la familia de Juan Villoro tiene más de una particularidad que la hace diferente a las demás; sin embargo, no caben dudas, tras leer De eso se trata, de que estamos frente a una familia enorme y feliz.

Publicado en Radar Libros

martes, 6 de enero de 2009

Si la buscás, la encontrás


Sale una revista nueva de historietas, a cargo del hermano de nuestro historietista estrella.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Una novela de locos


Por Damián Huergo


La literatura, como los viajes, es impredecible, parece decirnos el multifacético (escritor, periodista y director de cine) Emmanuel Carrère en su último libro. En las primeras páginas, en un tono confesional y programático, el narrador advierte al lector que tras haber estado preso durante siete años en la escritura del exitoso y asfixiante El adversario, se planteó dar un giro en su obra y dejar de escribir sobre su vida y sobre los círculos de su infierno personal. El objetivo es partir “hacia el exterior, hacía los demás, hacia la vida”, nos dice. Pero al contrario, el resultado fue un libro autobiográfico, íntimo, catártico, y desesperadamente narcisista que narra en primera persona dos años de la vida del escritor francés, como si fuese una larga sesión de “psicoanálisis salvaje”.
En la literatura autobiográfica el autor, que será a la vez el narrador y el personaje principal, realiza con el lector un pacto de lectura radical. No importa lo verosímil, sino la verdad. Y en Una novela rusa los hechos transcurren por tres paralelas que no se tocan en el infinito, sino que se cruzan y tienen sentido cuando las atraviesa y atraviesan a Emmanuel Carrère. La primera historia lo tiene a Carrère en su rol de periodista. Un diario lo envía a Kostelnich, un pequeño pueblo ruso de la periferia de Moscú, a reportear la aparición del húngaro András Toma. El húngaro estuvo cincuenta y seis años cautivo en un manicomio, tras haber sido capturado en la Segunda Guerra Mundial. En esos años no aprendió ni una sola palabra de ruso. Se hacía entender por señas. Durante el aislamiento había perdido el lenguaje. Luego esta historia cambia de eje. András Toma pasa a ser el hilo que encuentra Carrère en el exterior, para desandarlo hasta su enmarañada madeja interior. Al escritor francés ya no le interesa el aparecido en sí; ahora va a centrarse en Kostelnich y en reaprender ruso, la lengua de su madre. Kostelnich está habitado por personajes que parecen criados en el sótano de Dostoievsky; Carrère vuelve en dos ocasiones para filmar un documental (Retorno a Kostelnich, presentado en Cannes 2003) y para destrabar el bloqueo que sufre con el ruso. La segunda historia es por asociación. El cautivo le hace recordar a Carrère la desaparición de su abuelo, Georges Zurabishvili, el padre de su madre. El abuelo Georges fue miembro de la nobleza zarista, inmigrante georgiano, taxista filósofo, colaboracionista nazi, desaparecido y, su obra maestra, secreto y karma familiar. La madre de Emmanuel, Hélene Carrère d`Encausse, secretaria perpetua de la Academia de Letras de Francia, se opone a la investigación de su hijo, debido al sentimiento de culpabilidad que intentó aplacar a lo largo de su vida mediante el silencio y la negación. Por último, la tercera paralela que cruza Carrère es la historia de amour fou que mantiene con Sophie, en donde el autor desnuda su clasismo, su egoísmo, sus dotes sexuales, y su perturbadora inmadurez.
Carrère escribe con una prosa directa, cínica, y vertiginosa. La sucesión de párrafos no lleva un hilo narrativo. En el dibujo de la página el doble espacio anuncia cuando el narrador va a saltar hacia otra de las historias, dejando al lector con la incertidumbre de si la anterior será retomada luego. Carrère mantiene una escritura del presente (en varios momentos aclara que lo escrito fue apuntado de inmediato transcurrido el hecho) y a la vez en retrospectiva, en donde expone las marcas como si estuviese haciendo un trabajo de autoterapia.
El viaje que emprende Emmanuel Carrère es interior. Lo interesante de la arqueología íntima que realiza, es que como lectores nos hace cómplices de su reconstrucción. Carrère nos muestra todas las capas a medida que las va descubriendo / escribiendo. El no tiene el puzzle resuelto en su cabeza, sino que va uniendo diferentes fragmentos sin saber hacia dónde lo llevarán. El lector acompaña la travesía convencido en seguir al piloto; aunque a medida que avanza, empieza a sospechar que está arriba de uno de esos viajes que se prolongan una vida hasta ponerle el punto final.