jueves, 18 de diciembre de 2008

Una novela de locos


Por Damián Huergo


La literatura, como los viajes, es impredecible, parece decirnos el multifacético (escritor, periodista y director de cine) Emmanuel Carrère en su último libro. En las primeras páginas, en un tono confesional y programático, el narrador advierte al lector que tras haber estado preso durante siete años en la escritura del exitoso y asfixiante El adversario, se planteó dar un giro en su obra y dejar de escribir sobre su vida y sobre los círculos de su infierno personal. El objetivo es partir “hacia el exterior, hacía los demás, hacia la vida”, nos dice. Pero al contrario, el resultado fue un libro autobiográfico, íntimo, catártico, y desesperadamente narcisista que narra en primera persona dos años de la vida del escritor francés, como si fuese una larga sesión de “psicoanálisis salvaje”.
En la literatura autobiográfica el autor, que será a la vez el narrador y el personaje principal, realiza con el lector un pacto de lectura radical. No importa lo verosímil, sino la verdad. Y en Una novela rusa los hechos transcurren por tres paralelas que no se tocan en el infinito, sino que se cruzan y tienen sentido cuando las atraviesa y atraviesan a Emmanuel Carrère. La primera historia lo tiene a Carrère en su rol de periodista. Un diario lo envía a Kostelnich, un pequeño pueblo ruso de la periferia de Moscú, a reportear la aparición del húngaro András Toma. El húngaro estuvo cincuenta y seis años cautivo en un manicomio, tras haber sido capturado en la Segunda Guerra Mundial. En esos años no aprendió ni una sola palabra de ruso. Se hacía entender por señas. Durante el aislamiento había perdido el lenguaje. Luego esta historia cambia de eje. András Toma pasa a ser el hilo que encuentra Carrère en el exterior, para desandarlo hasta su enmarañada madeja interior. Al escritor francés ya no le interesa el aparecido en sí; ahora va a centrarse en Kostelnich y en reaprender ruso, la lengua de su madre. Kostelnich está habitado por personajes que parecen criados en el sótano de Dostoievsky; Carrère vuelve en dos ocasiones para filmar un documental (Retorno a Kostelnich, presentado en Cannes 2003) y para destrabar el bloqueo que sufre con el ruso. La segunda historia es por asociación. El cautivo le hace recordar a Carrère la desaparición de su abuelo, Georges Zurabishvili, el padre de su madre. El abuelo Georges fue miembro de la nobleza zarista, inmigrante georgiano, taxista filósofo, colaboracionista nazi, desaparecido y, su obra maestra, secreto y karma familiar. La madre de Emmanuel, Hélene Carrère d`Encausse, secretaria perpetua de la Academia de Letras de Francia, se opone a la investigación de su hijo, debido al sentimiento de culpabilidad que intentó aplacar a lo largo de su vida mediante el silencio y la negación. Por último, la tercera paralela que cruza Carrère es la historia de amour fou que mantiene con Sophie, en donde el autor desnuda su clasismo, su egoísmo, sus dotes sexuales, y su perturbadora inmadurez.
Carrère escribe con una prosa directa, cínica, y vertiginosa. La sucesión de párrafos no lleva un hilo narrativo. En el dibujo de la página el doble espacio anuncia cuando el narrador va a saltar hacia otra de las historias, dejando al lector con la incertidumbre de si la anterior será retomada luego. Carrère mantiene una escritura del presente (en varios momentos aclara que lo escrito fue apuntado de inmediato transcurrido el hecho) y a la vez en retrospectiva, en donde expone las marcas como si estuviese haciendo un trabajo de autoterapia.
El viaje que emprende Emmanuel Carrère es interior. Lo interesante de la arqueología íntima que realiza, es que como lectores nos hace cómplices de su reconstrucción. Carrère nos muestra todas las capas a medida que las va descubriendo / escribiendo. El no tiene el puzzle resuelto en su cabeza, sino que va uniendo diferentes fragmentos sin saber hacia dónde lo llevarán. El lector acompaña la travesía convencido en seguir al piloto; aunque a medida que avanza, empieza a sospechar que está arriba de uno de esos viajes que se prolongan una vida hasta ponerle el punto final.

martes, 9 de diciembre de 2008

Poesía Manuscrita



Como quien busca animales en las nubes, los poetas juegan con las palabras hasta encontrar la forma justa de cada poema. Y es así, que al pensar los recursos con los que un autor funda su estética, se suele hablar del corte de verso, la elección del registro, los temas y ritmos. Más allá del oficio y los modos de asumir la escritura como práctica, el desliz de la mano lleva el pulso que vuelve irrepetible cada caligrafía. El trazo del poeta es tan particular como el universo que crea.
Al escribir sobre papel, la mano rechaza la invitación al bailecito coreográfico de las teclas y se suelta a una danza firulete. Puede ir de acá para allá desafiando la tiranía de la escalera de versos, la homogeneidad de la tipografía y disfrutar de un chapoteo sobre los charcos-tachones que quedan en el ida y vuelta de las imágenes. Esta libertad, conciente y sin diplomacia, hace del verso un dibujo. A la vez, rescata la materialidad pálida del papel, su textura y aristas, ahora que las máquinas lo andan secuestrando en el reflejo de una pantalla.
Pero nada de esto es novedad. Desde siempre y antes de que la memoria literaria tome registro, hay poemas que se interponen en el rum rum del día a día y compelen a quien los escucha a escribirlos sobre la primera superficie que aparezca. Hace tiempo, sobre paredes y piedras han quedado asentados míticos poemas. Y es sabido que cuando un ataque de inspiración acecha, las imágenes tironean hasta que la mano deja que reposen sobre una servilleta desvelada, en la puerta de un baño de estación, en una duna de playa, en el revés de un boleto arrugado, en la corteza de un árbol, sobre la superficie de un pupitre o en el barro de un día de lluvia. Tal vez sea por eso, que la poesía visual sea hoy un género-camafeo, moderno de tan arcaico.
En el pasaje de un salto, tan incierto como maravilloso, de la mano/máquina/imprenta a la mano/papel, los poemas pueden recuperar el cuadrado blanco como si fuera un lienzo. La imagen plástica se revuelca con las palabras y entre sí generan a capella el efecto arte/poético. De aquí, a la poesía visual que los vanguardistas han hecho suya, hay un histórico y personalísimo paso.
Ya a casi una década del siglo XXI, los medios electrónicos permiten que se difunda la poesía saltando fronteras con sólo tocar un botón, cada poeta puede hacer de su vida una exposición abierta a multitudes invisibles y nada de esto nos sorprende. Pero sí, debemos reconocer, que leer versos escritos a mano produce un efecto extraño. Dejemos entonces que la poesía manuscrita viaje con destino incierto. Fotografiada como una postal, lleva un poeta polizón que dibujó con el puño cada letra. Esperamos que le abra las puertas y lo aloje en sus pestañas.
Prólogo por Jimena Repetto para el Libro Poesía Manuscrita