jueves, 30 de octubre de 2008

La Maga


Para los escritores que crean un universo (sea del género que sea), debe ser muy difícil poder desligarse de él con facilidad. En ese sentido, Las damas de Grace Adieu, el libro de cuentos de Susanna Clarke, puede leerse como una coda complementaria o, si se quiere, una ampliación de su primera y única novela, Jonathan Strange y el señor Norrell. Para quienes no la recuerden, la escritora inglesa demoró más de una década en escribir su novelón de casi ochocientas páginas, publicado en 2004, con el que obtuvo varios premios y llegó a ser finalista del top inglés: el Booker. La historia gira en torno de dos magos que restauran la magia en Inglaterra, impracticada desde los tiempos del Rey Cuervo, el último mago de la Edad Media, y que sólo es leída y estudiada por Magos Teóricos, todo en el contexto de las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX. La novela de Clarke era un divertido giro a la premisa de las novelas góticas del siglo XIX (con Bram Stoker y Anne Radcliffe a la cabeza): en lugar de explicar la supuesta oscuridad de la Edad Media echando la luz de la ciencia moderna, hagamos que la magia de la Edad Media vuelva a formar parte de la vida diaria. El resultado es una combinación del mundo fantástico de Tolkien y Ursula K. Le Guin con la comedia costumbrista de Jane Austen, y las aventuras de Charles Dickens y G.K. Chesterton.
Los cuentos de Las damas de Grace Adieu pueden ser leídos como una de las tantas notas al pie que abundan en Jonathan Strange y el señor Norrell, donde Clarke no sólo daba un estatuto teórico, casi enciclopédico, de realidad científica a la magia, sino que en muchos casos esas notas componían relatos cerrados sobre casos mágicos o leyendas (como digresiones más ordenadas que no se articulan dentro de la narración sino por fuera), que tendían a ampliar el universo imaginativo en lugar de cerrarlo dentro del orden narrativo. Clarke, con sus cuentos, desborda (como muchos autores del género) el límite físico de su primer libro y las puertas de acceso a su mundo se multiplican. Los personajes reaparecen, como el propio Jonathan Strange y su esposa, o el duque de Wellington que pierde su caballo en la tierra de duendes, e incluso desarrolla con más detalle puntos que en la novela apenas menciona.
En Las damas de Grace Adieu, Clarke hace más hincapié en una política de género, cosa que en la novela, si bien se mencionaban casos de mujeres hechiceras, todo giraba alrededor de los dos magos protagonistas de la historia. En cambio, en los cuentos uno encuentra mujeres que practican la magia a espaldas del consenso masculino, encima, en contra de los hombres para verse libradas del casamiento y otras convenciones sociales, mujeres que tratan con duendes, mujeres que bordan en un tapiz el destino de un hombre, institutrices que invocan al Rey Cuervo, mujeres y más mujeres. En el relato que le presta título al libro se insiste sobre la escasa participación de las mujeres en la práctica de la magia moderna, actividad reservada para hombres y en parte también para beneficio público. Sin embargo, el saber está en los libros mágicos, y los libros al servicio de quien los lee, por lo tanto la práctica que las mujeres puedan hacer de la magia no es independiente de su género, y su uso secreto les confiere cierta libertad y autonomía ajenas a toda convención política.
Las fechas de los cuentos no son un dato menor. Las damas de Grace Adieu es también un encadenamiento de relatos del aprendizaje literario de Susanna Clarke (al igual que lo es Slow Learner para Thomas Pynchon). El primer cuento que da título al libro fue escrito y publicado en una revista inglesa en 1996, y el último en 2004. La distancia temporal de escritura entre cada cuento es –en su mayoría– de un año, a veces dos. Todo indica que fueron escritos mientras trabajaba en su novela. El vínculo complementario entre un libro y otro es más que sugestivo. Como si la autora hubiera revelado de poco, a cuentagotas, en forma de breves adelantos (algo así como trailers literarios), lo que sería su novela, y que al lector argentino le llegan al revés: más que como estrategia de autor, como estrategia editorial.
Si bien es claro que siempre la publicación posterior en forma de libro de cuentos aparecidos en distintas revistas tiene cierto aire a rejunte (por no decir revancha), el mérito en sí mismo no es menor. Uno sabe que, al terminarlo, va a sentir esa desazón que se padece cuando abandonamos un lugar mágico, y nos queda a flor de piel esa ansiedad de volver a habitarlo, sea del modo que sea, una vez más.
Fernando Krapp

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Bahienses

Desde Bahía Blanca, se sigue insistiendo con la literatura. Como dicen los españoles: enhonrabuena!
Hay puntos de venta en Buenos Aires. Más info, en el link, acá, a tu derecha...

viernes, 29 de agosto de 2008

Toma de posición

Al comentario que nos dejaron en este lugar queremos responderle desde acá:

“Justo ahora, cuando todo el mundo está sujeto, por el dolor de un decreto en ausencia que lo condena a una respetabilidad menor, a entrar en cualquier profesión lucrativa y trabajar con algo parecido a una especie de entusiasmo, un planteo del bando opuesto que se conforma cuando posee lo suficiente y prefiere la contemplación y el placer, tiene cierto sabor a bravata y provocación. Pero no debe comprendérselo así. La así llamada pereza, que en realidad no consiste en no hacer nada sino en realizar un montón de cosas no reconocidas en las perspectivas dogmáticas de la clase dominante, tiene su bien ganado derecho a postularse como una actividad.”

Ensayos

"Una defensa de la pereza"

Robert Stevenson

Editorial Losada


Gracias, Robert Stevenson, por haber dicho hace más de un siglo, algo que pensamos ahora (pese a la adversidad generalizada), y sobre todo, por haberlo dicho con elocuencia y elegancia, cosa que nosotros hubiéramos hecho pasionalmente, sin demasiado tacto y con mucho chabacanismo.


sábado, 16 de agosto de 2008

En la calle, de una vez

Lugares donde conseguirla:

Personalizada: diezpinosprensa@gmail.com

Adrogué:
Boulevard Shopping
"Boutique del Libro"

Librería "La Ronda"
Pasaje las Delicias

Capital:

Caballito:
Librería Gambito de Alfil
José Bonifacio 1402

Puesto de Diario
Rivadavia 1810

Microcentro

Puestos de diario

Corrientes 1787
Corrientes 1607
Corrientes 1587
Corrientes 1543
Corrientes 1447
Corrientes 1381
Corrientes 1309
Corrientes 1293
Corrientes 1212
Corrientes 1312
Corrientes 1596
Corrientes 1676

Palermo Viejo (aunque no sea Palermo Viejo)
Centro Cultural Pachamama
Arangaraz 22

Palermo
Librería Crack Up
Costa Rica 4767

Línea c
Estación Diagonal Norte a Retiro

Línea d
Estación Ministro Carranza (a Catedral)
Estación Plaza Italia

En lo sucesivo, iremos distribuyendo de acuerdo a las fuerzas que tengamos. El Jueves (28 de agosto) estaremos por El pachamama y por Villa Crespo, dando y viendo. Quien se quiera sumar a la campaña, bienvenido, es un footing ideal para bajar de peso; y encima uno mejora su oratoria convenciendo Kiosqueros de que la literatura es el futuro de las revistas, y no los culos fotoyopeados.

viernes, 1 de agosto de 2008

Tavie Mariani se “nos” murió sin avisar y nos dejó más solos


Fue como un gigante desmoronándose en la plaza del mediodía.

“Capsicum”. Tavie Mariani



El 26 de julio a nuestra ciudad se le murió un gigante: Tavie Mariani

El 26 de julio, fecha en la que recordamos la muerte de Evita, eligió morirse

Tavie Mariani, un gigante.

Gustavo vivía en 58 entre 11 y 12, de la mano de los impares. En el frente

de su casa se lee: “Yuta hija de puta”, ilustrada con una estrella de 5 puntas.

Tavie fue el autor de Capsicum, novela editada por La Comuna Ediciones,

en agosto de 2002.

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Nuestros ojos serán relámpagos / para tus vísperas


La muerte es obscena. Siempre desacomoda y entonces la vida queda hueca, renga,

incompleta.

Ayer se me murió un amigo, un hermano que adopté o me adoptó (ya poco importa) desde que leí su novela y afirmé: “Esto es lo mejor que leí en mucho tiempo. Es lo mejor escrito en la ciudad...”

Desde ese día, Mariani irrumpió prácticamente todos los días en la editorial. Más de una vez, oficiales de seguridad subían a preguntarnos si necesitábamos algo. Poca importancia le daba a su aspecto. Parecía un cristo crucificado en sus huesos que sobresalían como agujas entre la ropa gastada. Fumaba. Fumaba y hablaba de literatura.

A veces, pedíamos café y medialunas porque sabíamos que no comía desde hacía días. También le comprábamos cigarrillos.

Después de meses de corrección y largas reflexiones, Capsicum se presentó en el Pasaje Dardo Rocha. Más de 200 personas acompañaron a Tavie. Esa tarde fue una fiesta.

Pero nuestra relación no terminó el día que la novela inundó la ciudad. Él venía a visitarnos, nos confiaba sus logros, la difusión de su novela, los comentarios. Autocrítico, inflexible, por momentos duro y absoluto en sus conceptos, era capaz de discutir el uso del dativo ético en el dialecto rioplatense durante horas. Su voz sonaba entrañable en los pasillos del pasaje. Durante el año 2006, nos escribimos con frecuencia. Él me confió su biografía breve:


Nací un día que para la Patria sería doblemente trágico: el 16 de septiembre del año triunfal de la Revolución China, 1949, en la ciudad de la discordia nacional: La Plata.

Hube de probar todos los sistemas represivos y opresivos: la escuela, el neuropsiquiátrico y la cárcel, hechos que me hicieron resentido y peronista, aunque conservo el vicio de pensar al mundo desde el marxismo leninismo, lo que me ha creado no pocos enemigos. Pero me gusta cómo soy. Y el cambio no está contemplado en mis planes. Si fuese Tita Merello diría simplemente “yo soy así”...


En los encuentros por calle 12 o en sus visitas frecuentes al Palacio López Merino, me confiaba sus dudas teológicas. El dios que fuera rondaba por su cabeza y por su vida entera. Sobre todo, en tiempos de melancolía:


De las muchas preguntas que me animo a hacerme, siempre hay una que no tiene respuesta: si “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues”? no es simétricamente similar a una pregunta que nos quema los labios: Señor, Señor, ¿por qué me persigues?...

De la horrenda ensalada que todas las religiones han hecho con el Altísimo, tal vez la peor ha sido colocarlo en el autoritario lugar de Padre. Los judíos hemos sido más ortodoxos y hemos asimilado “imagen” y “semejanza” al concepto de “hermano”. El Altísimo peleó junto a nosotros las batallas, sostuvo cuerpo a cuerpo una lucha con Jacob y es, en general, de índole más fraterna, ¿no?


Lúcido, frontal, abierto al diálogo, atravesaba la ciudad en compañía de su perro. A veces, al mejor estilo unamuniano, hablaba con él. Mis alumnos lo reconocían por la calle y lo paraban para comentarle Capsicum... “¡Lo vi a Mariani y me firmó el libro!”, me contó una vez Gonzalo...

A veces, desde los ojos enormes y oscuros me miraba distinto. Entonces yo sentía algo parecido a la ternura y le decía que lo quería. En junio de 2006 me escribió:


Yo también te quiero, negra! Y seré un ateo asqueroso pero tengo por lo menos la honestidad de Giordano Bruno que se dejó quemar en Campo de las Flores, aunque fue un simulador y un charlatán...


Hubo un tiempo en el que quiso retomar la escritura y me confió:


Convencido como estoy de que nuestros acompañantes en el Universo son estas inmundas y hórridas sabandijas humanas, estoy en tarea de limpieza sin piedad ni concesiones. Después paso lista de bajas.

En otro orden, estoy escribiendo un cuento llamado “Cormorán”. Quiero escribir la antología. Sí, sí, pongo manos a las teclas. Si no, nada...


Pero la tristeza volvía y volvía sin remedio. Entonces desaparecía o venía para pedirme cigarrillos y una palabra de aliento. Todo tenía que ver con el aire, supongo. La voz le salía grave y nítida. Tenía voz de actor, me parecía. Y un manejo del lenguaje poco frecuente. Con Mariani yo recuperaba el placer de elegir “le mot just”. Era imposible no prestarle atención. Incluso en tiempos de melancolía:


La tristeza no quiere pasar (bonjour tristesse!) El Quetejedi sigue con sus pruebitas. No tengo muchas ganas de escribir, pero en resumen es algo así:

Vino Víctor a comunicarme que no tenía fe en absoluto, que no creía en nada. Y mi pobre respuesta fue bastante cristiana. Le dije que la fe era un don que estaba o no estaba, pero que tratara de no perder la esperanza porque el mundo iba a ser un lugar muy incómodo. Y que tampoco perdiera la caridad porque es una falta grave no perdonarse a sí mismo. En fin, me porté como un canónigo de la Catedral. Después que se fue, se me ocurrieron infinidad de cosas que podría haberle dicho sin perder yo mismo la caridad y ser tan duro... Pero bueno, así fue.


Lo último que me escribió fue una reflexión sobre la muerte. En esta último pensamiento sentí una gradación en la forma de abordar la angustia. El tema que lo agitó siempre, hasta la violencia, fue el de los desaparecidos. De la personificación a la denuncia:


Maldita muerte cobarde,

ladrona de la vida.

Nuestros ojos serán relámpagos

para tus vísperas.

¡No vencerás!

porque estás hecha de huesos

resecos y quebradizos.

¡Nuestros muertos viven en nosotros para siempre!

¡No triunfarás!

Maldita de toda maldición


Mientras recorro mi único ejemplar de Capsicum, pienso, como don Santiago del Rey, el protagonista de esta gran novela, que


La muerte no le causaba ya miedo sino fastidio, fastidio de cosa inacabada y sin explicación. Envidió las piedras que vivían para siempre, a las estrellas que tardaban tanto en morir(...) a la ciudad que seguiría respirando pese a todo y a las miles y miles de entidades de la Naturaleza que se transformaban mansamente y sin dolor.

y que

En esta vida los hombres hacemos lo que podemos y como lo podemos hacer, que nadie nos avisa que la vida finalmente es una gran espera para parir la eternidad. Que tampoco son tan frecuentes las decisiones de verdad y que siempre nos damos cuenta tarde de todo.

Amsterdam, La Plata 1991-1995


María Laura Fernández Berro

jueves, 31 de julio de 2008

Tavie Mariani, el más grande, el maldito

Hasta siempre

Escribió una de las mejores novelas argentinas de los últimos años: Capsicum (2002). Una de las más hondas, de las más verdaderas y de las más hermosas. También, por desgracia, una de las menos leídas. Estaba enfermo de S.I.D.A. Iba y venía por las calles de La Plata con dirección fija y sin rumbo aparente. Murió este invierno y no estábamos.

El futuro es un cuento sin final.
Capsicum
, Tavie Mariani

Un fantasma recorría las calles platenses. Sobre la cara llevaba tantas arrugas como historias adentro. Las piernas enflaquecidas le bailaban en el pantalón. A veces, cuando hacía calor, vestía una camisa de trabajo y clavada a su cuello una estrella roja de ocho puntas: la estrella federal, la estrella montonera. No ocultaba que él había hecho algo más que tirar unas piedras; por el contrario, exhibía con orgullo su condición de “antiguo combatiente del ejército montonero”, aunque a veces se preguntara “¿qué hacíamos metidos en esa guerra?”. Él, que tenía el porte de un guerrero en ruinas pero jamás vencido por completo. La cara afilada a fuerza de hambres, la barba rala y en punta, el bigote ancho con las guías hacia arriba, la melena todavía oscura que le acariciaba los hombros, le daban un porte de hidalgo español en desgracia. Y los ojos. Esos ojos a los que se asomaba, como desde muy lejos, un dolor demasiado grande para mirarlos mucho tiempo fijo. Cuando hacía frío, apenas un sobretodo cubría esas ropas y esos huesos. Nada podía tapar en cambio las intemperies a las que nos exponía esa mirada.
Ahora yo tendría que estar escribiendo otras cosas. Pero esto es lo único que puedo escribir, lo único que quiero escribir. Hace poco más de un mes, era el 27 de junio y hacía frío, él tocó timbre en mi trabajo. Me sorprendió verlo. Llevaba muchísimo tiempo sin recibir de él más noticias que aquellas susurradas por algún otro lector maravillado, que como cómplice de una hermandad secreta me decía “lo crucé en tal parte”. Porque este fantasma que ahora me lleva a escribir, a escribirle, a escribirnos, era quizás el mejor narrador que haya parido esta ciudad. Y Capsicum, lo único que publicó, es seguramente la mejor novela publicada hasta el momento en esta ciudad y una de las mejores de esta tierra y de esta lengua.
Bajé a atender y me lo encontré muchísimo más deteriorado que en nuestro encuentro anterior, lejano y fortuito como casi todos hasta entonces. Me dijo que andaba buscando un ejemplar de su libro. Le conté que el último que había pasado por mis manos era el que María Laura Fernández le regaló a los editores de la revista literaria Diezpinos. Y no me animé a ilusionarlo contándole cuánto les había gustado y las ganas que manifestaron de intentar que se republicara y contase con una mejor oportunidad. También me pidió si tenía un ejemplar de la revista Sudestada en la que salió un reportaje que le hicimos. Quedé en conseguírselo y se fue. Tan lento como un fantasma. Y como otro fantasma me quedé yo. ¿Cuántos minutos? Cuántos, hasta que se me ocurrió que podía invitarlo a tomar un café o una sopa, lo único que tenía. Corrí hasta la esquina por donde lo había mirado irse. No se veía más que la calle vacía. Él había desaparecido. A la velocidad de un fantasma. Me quedé con algo raro. Algo que pesaba. Me quedé diciéndome “ojalá vuelva a pasar el Puma
Un mes después –hoy- me enteré. Hace tres días, el 26 de julio, en la misma fecha que su queridísima Eva Perón, se fue. No voy a decir, aprovechando que él no pueda desmentirme, que partió un amigo. Otros eran nuestros tratos, que fueron además bien breves. Algunas veces nos encontrábamos por ahí. Él hablaba y hablaba, pleno de un entusiasmo extraño que no era arruinado por el menor atisbo de jactancia a causa de su descomunal saber autodidacta. Se preguntaba por la fe, por Dios, por la revolución, por la palabra. Se prodigaba en jodas crueles. Contra la fe, contra Dios, contra la revolución, contra la palabra. Y también en jodas, en insultos contra quienes hoy se creen dueños de todo eso, como si alguien pudiera poseer algo más que su perplejidad y su desamparo. Pero sobre todo, contra él mismo. Porque creía, como escribió en Capsicum, que de nada habría servido el insulto si no lograba volverlo contra sí mismo. Y yo lo escuchaba. Soy alguien que lo admiró, alguien que no pudo o no supo ayudarlo. Otro más. Ahora, con una culpa inmensa, me pregunto: ¿Entendí esa última vez lo que venía a pedirme o a decirme? Y me reprocho: ¿Qué queríamos salvar, cuando pretendíamos salvarlo? ¿Un alma en eclipse? ¿O esas pequeñas seguridades nuestras que su oscuridad o su luz corroía?
No son fáciles los malditos. Tan sin tregua. Tan distintos y tan distantes a los malitos. Esos que posan de chicos problemáticos, no importa si pasan la cuarentena o son sexagenarios, y se disfrazan de literatos rockeros, cínicos y cool, pero cobran puntualmente por cuantas ventanillas pone el sistema al alcance de sus manos largas y de sus más largas obediencias y miserias.
A él, es indiscutible, le venían bien el plato de fideos con queso o el café con los que pudiéramos invitarlo, y la charla y el tiempo y el abrazo. Y le hubieran venido bien, quizás, un acompañante terapeútico, algún trabajo. Para eso no alcanzaban los manotazos desesperados de quienes lo queríamos como nos saliera, de aquellos a los que nos dolía. Para eso -como para tantas otras cosas de donde pese a discursos y loas sigue cantando ausente-, se necesitaba al Estado. Supongamos que se hubiera hecho presente: ¿Aceptaría él algo así como una tutela? ¿O hubiera preferido seguir siendo la Bestia, aunque fuera la bestia herida, todo el día aprendiendo a sangrar? Ya no hay respuestas.
Qué lástima que no haya visto una reedición de su novela, con el cuidado y la difusión y la distribución que se merece. Qué lástima que esa publicación no haya llegado a darle algunos reconocimientos que él quería -y que esos reconocimientos fueran como una caricia-, y por supuesto dinero para tener fideos y café cuando se le antojara, aunque es probable que él se hubiera inclinado por substancias más peligrosas y a su juicio más interesantes.
A él no le queda nada. Él es el muerto. Como en un poema de Borges, autor que citaba con una mezcla de odio tirabombas y unción, todo nos lo hemos repartido como ladrones: su libro y todos los libros, la luz, el olor del café, la música, el aire húmedo de estos días y la promesa de otros días por venir. Días para volver a esa novela única que es Capsicum. Única novela de iniciación que yo conozca en la que su personaje –Santiago del Rey, un viejo de origen sefardí de noventa años, el viejo tranquilo que tal vez quiso ser Tavie y no fue-, no se inicia a la vida, sino que lenta, sabiamente, con infinita comprensión, con infinita dulzura, con infinito humor, se inicia al arte del bien morir. Única novela en la que sentí tantas fragancias, porque Santiago es un exiliado voluntario argentino que regentea una casa de especias, manjares y bebidas en Amsterdam: el Almacén de Todos los Alimentos del Mundo. Única novela en la que sentí bailar y cantar y reírse así a las palabras. Única. Ésa es la palabra para esa novela, su testamento de náufrago
El final de Capsicum cuenta una muerte de una manera tan viva como pocas veces ha logrado el arte. Acaso, La muerte en Venecia, ese gran film de Luchino Visconti que casi no usa palabras para decirlo todo, porque le basta con la actuación de Dirk Bogarde, el adagietto de la quinta sinfonía de Mahler y el genio de quien estaba detrás de cámara. No sé si el autor de Capsicum se habrá muerto como Aschenbach o como Santiago, obsedido, iluminado por la belleza adolescente de una especie de ángel que acompañara sus últimos pasos por esta tierra. En verdad, ni siquiera sé si se habrá muerto o es otra de sus jodas crueles. Al igual que su personaje todavía tenía bastante cuerda como para seguir desconcertando. No puedo creer que no ande por ahí. No sé aceptarlo. Para mí hay un fantasma que recorre las calles platenses: Gustavo Tavie Mariani, que en paz no descansa, porque un guerrero no detiene su marcha jamás.
Por Juan Bautista Duizeide

martes, 29 de julio de 2008




Nací en una casa inmensa de patios grandes y piezas viejas y altas. Hacía frío y a veces hasta llovía adentro. Pero mi familia era muy numerosa y dicharachera, con lo cual puede decirse que fuimos felices. De esto también me queda la sensación de que el confort, a veces, te debilita. Nadie de nosotros se solía enfermar demasiado a pesar de que, para bañarnos en pleno invierno, teníamos que ponerle alcohol de quemar a la cabeza de hierro de la ducha. Un dispositivo sencillo y peligroso que ya no se usa más. El alcohol lo íbamos a comprar con mi tía Teresa en un negocio que quedaba frente a la facultad de filosofía en la calle Independencia. Era una época poderosa y los estudiantes solían estar en la calle, manifestándose para cambiar el mundo. Mi tía me decía: "ahí están los locos de la facultad sacando los bancos a la calle". Creo que en ese momento decidí que, cuando creciera, iba a estudiar filosofía.

FABIAN CASAS
(fragmento de la sección "Desde este mundo")

domingo, 27 de julio de 2008

Bajón



SE FUE UNO DE LOS GRANDES ESCRITORES DE LA PLATA: Tavie Mariani
Autor de Capsicum


Mi bove decía que cuando se alza un dedo acusador, hay tres que apuntan a la persona que acusa. Ella vio desaparecer a dos de sus hijos en las manos de las bestias de la tierra. Las mismas de Argelia, Centroamérica, My Lai. Y finalmente en el país, siete años de pesadilla. Gente. Gente secuestrada al amparo de la noche y la niebla. En fin, una repetición especular de lo aprendido en la GESTAPO y West Point. Pero el tiempo, que corre a nuestro favor, los va matando uno a uno. Y nosotros somos jóvenes. Triunfaremos. Un dedo nos apunta, pero tres a ellos.-
Al Señor Ronald Reagan
Gustavo Mariani

miércoles, 16 de julio de 2008

El camino de la memoria



"Mamá me cuenta historias por que dice que en los cuentos está la memoria y en la memoria, cada uno" M. L. Fernández Berro


I El púgil Casas, en un buen cuento de los Lemmings, dice que a los escritores es mejor leerlos que conocerlos. En muchos casos estoy de acuerdo. Tanto, que si fuese el editor de alguno de ellos, agregaría en la solapa junto a la foto carnet una advertencia: si lo cruza, cámbiese de vereda. Sin embargo el globo literario es grande, y, por suerte, hay otra caterva de escritores que tras conocerlos, uno entiende que escribir bien y ser buena leche no son excluyentes.
El sábado pasado, con la excusa de DiezPinos, nos juntamos a comer a orillas del Río de La Plata con J. B. Duizeide y su novia, María Laura Fernández Berro. La máxima fue doblemente refutada. Conocer a J. B. fue tan agradable como leer las mejores páginas de Kanaka; y leer a Maria Laura, luego de conocerla, fue tan interesante como hablar con ella de Pavese y de otros tanques italianos que le vuelan el moño.
Me olvide de aclarar, Maria Laura también escribe.
Y sorprende.

II ¿Cómo escribir poesía después de Auschwitz? fue la pregunta-sentencia de Adorno, en la mitad del siglo XX. El filósofo alemán entendía por poesía a la belleza. Y afirma, que después de los campos de concentración se terminó el arte bello.
En el 2005 Ediciones de la Flor editó El camino de las hormigas; por el momento, el único libro de ficción de Maria Laura Fernández Berro. La autora platense, desde la primera línea de la novela, parece reformular la pregunta, y nos dice ¿cómo no narrar las torturas, las desapariciones, los fusilamientos, los vuelos, el plan de aniquilamiento material y simbólico de las relaciones sociales de igualdad y reciprocidad de los seres humanos? ¿Cómo no narrar el horror? ¿Por qué callar?
Luego responde.
Escribiendo.

III Y quien escribe, o mejor dicho quien habla, es una nena. Berro explora en las múltiples posibilidades del lenguaje, para narrar lo que supuestamente es inenarrable. Como Benjí en El sonido y la furia, la voz aniñada que nos cuenta lo que sucede dentro y debajo de la casa, no tiene pensamientos abstractos; va zurciendo palabra tras palabra, a partir de la experiencia concreta que absorbe con sus sentidos. Y las experiencias, en la década del 70 en la Argentina, fueron muchas. Demasiadas.
La nouvelle, mezcla de fábula y de novela de iniciación, esta dividida en dos partes. En la primera, La casa, la parte visible, la niña convive con la madre, el tío, la abuela y el abuelo, encerrado dentro del piano. En la voz de la niña lo fantástico cobra verosimilitud y se hila con lo cotidiano, sin poder distinguir que es lo que sucede en la casa, y cual es el plus de fantasía que ella le agrega. Sabemos que su padre esta enterrado en el limonero del patio del fondo; que su abuela le "enseña a buscar palabras"; que su madre se encama con el afinador del piano; que su tío se enamora de Gracielita; que su tío aparece en la agenda de Gracielita; que Gracielita se va; que su tío se queda, en el sótano, en la casa "que crece para abajo", acompañado de la peor compañía.
En la segunda parte la niña se familiariza con los nuevos cambios. Y con las caras de Campito y el cardenal De la Plaza, que diariamente visitan a su tío en el sótano que funciona como sala de tortura. A su alrededor hay gritos, llanto, muerte, soledad, odio, valentía. Y ella, como si nada. Como muchos.

IV Sin embargo, El camino de las hormigas no es una novela de denuncia o testimonial. Su lenguaje poético (y por momentos erótico), apoyado en la mirada inocente, cínica y melancólica de la niña, no deja lugar a esa opción, en el sentido puro del genero. Berro, como Cristina Feijoo en La casa operativa (2006) o como el reciente La casa de los conejos de Laura Alcoba, nos cuenta la Historia con una historia del tamaño de su protagonista. Berro a lo largo de las 106 páginas logra un relato íntimo e individual.
Y sobretodo, una historia bella.

Damián Huergo

jueves, 10 de julio de 2008