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Tinto y libros es un café del centro bogotano adonde se juntan intelectuales de izquierda a conversar (¿la izquierda cafetera?), entre ellos un candidato a alcalde por el opositor Polo Democrático, que en esta ciudad es gobierno hace dos períodos por más que le pese a Uribe. La música aquí es como un mar lejano. Vasos y voces le nadan por encima. Los libros son de toda clase y en todo estado, forman columnas que decoran las paredes. Converso con un hombre de unos setenta años. Es profesor de filosofía en la universidad, es notablemente parecido a Brahms. Se lo digo. Como antiguo coreuta y melómano ya lo sabía y se sonríe. A modo de homenaje me recita, uno tras otro, poemas de León de Greiff. Luego, por argentino, me convida una rareza: un poema de Héctor Pedro Blomberg con barcos, puertos y damas de los muelles. Después, su mujer, notoriamente sobrecargada de aguardiente, la emprende con Lorca y Alberti. Entre verso y verso, se descarga: “Burguesía jueputa, asesina”. Se retuerce, tiembla, llora, se le cae la pollera, interrumpe su declamación apasionada y se vuelve a sentar. Por debajo de la mesa, se ve la pollera arriada como una bandera en derrota, las piernas blancas, la bombacha morada. Él le dice algo, ella se queda en silencio, con la vista baja, y él retoma la posta: Era una cinta de fuego, galopando, galopando…Me voy por las veredas vacías con el alazán de Yupanqui. Hoy hubo una movilización muy grande acompañada por casi tantos policías como manifestantes. Sobre las paredes quedan, como restos de los gritos y consignas, inscripciones apuradas: Uribe paraco, exigir nuestros derechos no es terrorismo, Tierra y casa para todos.
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Mi tema es el viaje por mar en la literatura escrita en castellano. Quizás a alguien pueda parecerle fuera de lugar que le dedique atención a ficciones ambientadas en el Río de La Plata. Pero sucede que, digan lo que digan los geógrafos, semejantes aguas tienen muy bien merecido el nombre de Mar Dulce. Y aún más aquel otro nombre que recibió durante la época de la conquista: Infierno de los navegantes. Y esto que les digo es palabra de navegante que se ha asombrado ante su inmensidad, sus cambios de colores y de humores, sus bajantes y crecientes pronunciadísimas, se las ha visto con sus olas empinadas, sus vientos pamperos y sus sudestadas y ha varado más de una vez en sus bancos de arena.
Les digo a todos que quien mejor ha escrito acerca de ese territorio es Haroldo Conti. Que su novela Sudeste (1962), intensamente lírica y poblada por personajes desasidos y como a la orilla de todo, puede leerse como el pequeño viaje sin rumbo de un marginal pero también como una oda al gran río. Y que el relato largo Todos los veranos (1964) es a la vez retrato de existencias marginales, errantes por el río y las islas, historia de amor paterno filial y, como parte sumergida del iceberg, historia de un amor trunco. Además de todo eso, resulta un relato magistral acerca del arte de relatar, una muestra perfecta de algo que es una característica de Conti: el viaje que no implica grandes distancias pero es inmenso por la intensidad perceptiva del viajero, por la capacidad de quien lo cuenta y lo revive. Un río de imágenes de ese río mar. Eso es Conti, digo.
Y cuando baje del escenario, Isaías, en su voz baja de siempre, como un canto susurrado, me dirá que se carteó durante años con Haroldo. Que guarda una entrevista inédita con él y que editó otra en el diario El Tiempo de Bogotá, en 1971. Y que hacia 1975 Haroldo le mandaba informes acerca de la represión en Argentina para que los difundiera. Y que atesoró por años esos papeles, hasta que al hacerse cotidianos los allanamientos de casas, como parte de una campaña contra el M-19, el instinto de supervivencia le dictó una medida extrema respecto de esos papeles: hacerlos desaparecer.
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Hay algo en lo que coincidimos con los compañeros de Colombia, Brasil, Venezuela. En nuestros países hay quienes viajan y quienes son viajados/vejados. Los exilios económicos internos y externos son un mal común. Las fronteras cerradas que nos expulsan, también. El desplazamiento de comunidades rurales enteras -sitiadas por enfrentamiento entre fuerzas armadas, guerrilla, paramilitares y narcos- aparece como la exclusividad colombiana. Pero esos desplazamientos forzados también se producen en Brasil por la deforestación y en Argentina por el avance del área sembrada de soja. Y en todas partes por la pobreza y el vaciamiento económico. ¿Dónde está la poesía áspera de esos viajes? ¿En el morbo de la T.V. que se burla de los otros, de los indigentes, de los distintos, de los que no responden a la norma? ¿Dónde están las narrativas de esos viajes sin glamour? ¿En las noticias policiales? ¿En las primeras planas catastróficas? ¿En los discursos vacíos de los políticos que hace años no caminan sus países? ¿En los papers asépticos de los estudiosos que quieren comprender la realidad, pero de ninguna manera, transformarla?
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El local es pequeño y se encuentra atestado. En las paredes, cuadros inmensos del Che Guevara. Cuatro parejas bailan entre el poco espacio que dejan las mesas. Aunque media América baile la cumbia colombiana, aquí se baila salsa. Atruena desde los parlantes el conjunto cubano Orishás, que incorpora elementos del rap. A un costado, un negro de camisa blanquísima y sonrisa de éxtasis, balancea su cuerpo y sacude un par de maracas. Buena parte de la izquierda política y cultural se encuentra en lugares como éste (¿la izquierda rumbera?). “Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Juan Gustavo Cobo Borda, María Mercedes Carranza, Amparo Osorio”, me gritan en la mismísima oreja. Pero yo no conozco a ninguno de esos poetas. “Álvaro Cepeda Samudio, William Ospina, Germán Espinosa”, me gritan en la otra. Pero no hay caso. Jamás leí a esos narradores. ¿Por qué será que hoy los argentinos desconocemos la mayor parte de la literatura colombiana así como los colombianos desconocen la mayor parte de la literatura argentina? Hay textos de viaje pero hay poco viaje de los textos. Un problema de planificación económica, de marketing, de geopolítica, de… En definitiva -visto desde nuestro lugar de latinoindoamericanos aislados entre nosotros, sobre-extrañados en nuestras diferencias-, un problema de sometimiento. Otros deciden por nosotros qué libros viajan, cómo viajan, adónde. Y cuáles no, nunca, de ninguna manera.
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There is no frigate like a book (No hay mejor fragata que un libro), escribió la poeta norteamericana Emily Dickinson, en una época en la que aún quedaban algunas zonas borrosas sobre los mapas, huecos no hollados por el planeta y barcos que partían en viaje de descubrimiento. Pero el desamor que la llevó a su encierro y a dejarnos algunos de los versos más candentes de su lengua, la hizo elegir esa forma de viaje quieto. Lo que para ella fue una dura opción, parece ya fatalidad: ¿hay mejor vehículo que un libro para viajar hoy por este mundo administrado, que intenta excluir la posibilidad de la aventura?
Había una paradoja en los viajes: cuanto más lejos iban los viajeros en busca de lo otro, más lejos ayudaban a extender el imperio de lo mismo. Así, las terras incognitas fueron desapareciendo de los mapas y llegaría el momento en que solamente los planetas ofrecerían suelo no pisado por el burgués conquistador. A mediados del siglo XIX, Baudelaire se dio cuenta muy sagazmente de la situación en un mundo que había experimentado una de las más grandes globalizaciones capitalistas. En su poema El viaje, incluido en Las flores del mal, señala que el viajero, busque lo que busque y vaya adonde vaya, se encontrará con el mismo espectáculo aburridor: El veneno del poder enervando al déspota / y el pueblo enamorado del látigo que lo embrutece. Y las únicas salidas que encontraba practicables eran los viajes a través de paraísos artificiales o el viaje supremo de la muerte.
En su cuento Los bandidos de Uad Djuari, de Roberto Arlt, Abbul –un marroquí que se ganaba la vida guiando a los turistas- propone a una pareja de jóvenes llevarlos a conocer la Casa de la Gran Serpiente. Allí son secuestrados por bandidos. Pero las cosas no son lo que parecen. Al final, todo se revela como una ficción, un simulacro. Abbul les plantea: …entre las numerosas personas acomodadas que visitan Marruecos existe un ochenta por ciento que dice: "Lástima enorme que la civilización, la gendarmería, los jefes políticos, el protectorado y el ferrocarril hayan hecho desaparecer a los bandidos. Lástima enorme no vivir en la época en que uno se encontraba con una terrorífica aventura a la vuelta de cada zoco". Pues bien: yo y estos honrados creyentes que los han secuestrado a ustedes nos hemos dedicado a explotar la emoción del secuestro. Detenemos violentamente, como si fuéramos bandidos auténticos, a las personas que por su idiosincrasia nos parecen inclinadas a las ideas románticas, y luego las ponemos en libertad sin exigirles absolutamente nada a cambio de esa libertad que por un dramático momento creen haber perdido. Si los "secuestrados" gustan remunerarnos por el trabajo que nos hemos tomado para emocionarles y proporcionarles una aventura que podrán gustosamente narrar en su hogar, nosotros recibimos agradecidos lo que quieran regalarnos.
Algo así es el turismo. Y el problema con él no es su carácter de ficción (todos los viajes son ficciones así como todas las ficciones son viajes), sino su carácter repetitivo, congelado, instrumental. El turismo como ruinas del viaje, cada vez más disueltas, y convertidas, como todo, en mercancía. ¿Cómo viajar por este mundo desencantado? ¿Cómo escribir, como leer? ¿Acaso la potencia utópica de los textos literarios permitirá la supervivencia de la ficción como una práctica autónoma con cierta capacidad de influir sobre la sociedad humana para transformarla, para volverla a encantar?
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Lucho media hora contra mi mochila desbordante de literatura colombiana hasta que logro cerrarla. Suena el teléfono: Isaías. Vendrá a alcanzarme algunas novelas más y café, a despedirse. Nos abrazamos en la puerta del hotel. Me advierte: dado que muchos intentan el negocio arriesgado de un contrabando hormiga de cocaína, o para guardar las formas, o para amedrentar, la revisación a la salida de Colombia no tiene nada que envidiarle a una requisa carcelaria. Hay que desarmar completo el equipaje. A veces, incluso, puede tocar que te lleven aparte a un cuarto y te hagan desnudar. ¿Cómo hago para volver a armar esa mochila imposible, apurado, mientras otros pasajeros quieren pasar? Sin problemas sorteo el primer control, a través de una máquina que escanea los bultos. Me acerco al segundo con mi pasaporte en mano. “¡Argentino!”, dice el encargado de revisarme. “¡Como Calamaro!”. Pesco en el aire la oportunidad. Por suerte, en un diario hojeado en el hotel vi que el salmón anduvo de recital por estos lados. “¡Cómo canta Calamaro!”, digo por más que no me guste. Y me juego: “Espero que hayas podido ir a verlo cuando vino”. A modo de respuesta, él saca su teléfono portátil, lo abre y me muestra una foto de su ídolo. “Adelante, amigo argentino, adelante”, me dice. Y yo paso tragándome la sonrisa, con mi mochila intocada. ¿No se puede vivir del amor?
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Buenas noches a todos. Les agradezco su presencia, estoy diciendo de nuevo, cinco días, después, en el acto de cierre, les agradezco a todos, estoy escribiendo, una semanas después. Como si el viaje no hubiera sucedido. O como si sólo hubiera sucedido en mí y las distancias no fueran sino pensamiento, alucinación, trance. Las pruebas más contundentes del viaje son impresiones, recuerdos, preguntas surgidas en esos días de ser otro en otro lugar, conversando con otros. Preguntas que resuenan vivas al momento de escribir: ¿Qué es lo que aún queda del viaje en el viaje? ¿Qué es lo que aún queda de la literatura en la literatura? ¿Qué es lo que aún queda de la lectura en la lectura?
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lunes, 24 de noviembre de 2008
miércoles, 12 de noviembre de 2008
Un Dios Verdadero

Estaba echado de espaldas sobre la arena, con el sol clavándoseme en las costillas, en los párpados cerrados hartos de adivinarlo. De repente no fue más: una cerrada zancadilla de nube y afuera. Las nubes son efímeras (pero contundentes) blasfemias de gas. Interrumpen sin miramientos un dios a sus fieles, solo con el objeto de dilatarse, solo con el voraz (pero intestino) deseo de viajar. Esas claudicables voracidades aterrorizan. Enseguida generan la sensación de invierno en pleno verano (sobre todo de otoño) y despabilan en la gente un salvaje perfume a lluvia, nieve o granizo en el peor de los casos. La mayoría de las veces auguran tristeza y, con su opaco, anudan el espíritu vehemente de los bañistas volviéndolos retrógrados fugitivos. Puede que las nubes sean solo eso (nubes) o que en sus congestiones traigan agua o hielo. Esta vez (con el sol clavándoseme sobre las costillas, sobre los párpados cerrados hartos de adivinarlo) fue agua. Lo novedoso del asunto es que el agua no estaba encima nuestro, ni sobre, ni debajo: el agua estaba desabrochándose sobre el mar, meándole las olas. Podía notarse a lo lejos el espacio entre el cielo y el mar rasgado por violentas líneas oblicuas, negruzcas, que se clavaban en el aire.
No huimos por eso: estábamos cautivados por el paisaje. Nos fuimos porque una repentina invasión de bichos volátiles nos espantó la calma. Antes de eso estuve un buen rato boca arriba observando el paso de las nubes. Hay que ver lo que eran: como humo de cigarrillo solapándose en escarcha, como escarcha abandonándose en gas. Y siempre deslizándose despacio, menos despacio, más. Un balbuceo constante del viento vibrándoles adentro. Nubarrones vueltos nubecitas, nubecitas devenidas nubarrones. Y, en esa mecánica, siempre nubes. De pronto copulando, salvajes, en colmena innumerable, barroca. Y luego la pesadez de una sola masa que se despliega, en clave ciertamente minimalista. Un pájaro blanco de alas enormes, un buque marciano aterrizándonos encima. Eso y esperar a que lloviese, sin que llueva. Eso y la negrura de algunos gases que penetraron más tarde para entumecernos el coraje.
Nos levantamos y nos fuimos no por el grisáceo oscuro del paisaje sino, en todo caso, porque la repentina invasión de miniaturas aladas nos molestó. Interrumpido el goce de la contemplación, dejé a un lado mi música y me dispuse a la resignante tarea de doblar el toallón, buscar las sandalias y prender un pucho. Desganados, tibios, íbamos avanzando hacia el auto. Las nubes duraron nada, los alados se fueron enseguida y, nosotros, anclamos en un kiosco de costa casi abandonado para comprar unas bebidas.
Adentro (en el kiosco), el hombre de bigotes del mostrador abanicándose, la señora de camiseta malla amarilla fumándose un oxígeno a resoplos, la del pelo cubierto de ruleros eyaculando sus chismes, la nena mogólica sentada a su lado (insegura de su feminidad todavía), y los dos perros (uno de ellos salvajes) que se acercaron a advertirnos algo. La heladera de bebidas (algo así como una heladera de yogurt de un supermercado) estaba de adorno, vidriera sin vidrio: las bebidas estaban calientes, exhibidas como chascos. Tenía que ir adentro la señora, a su propia heladera, a buscarnos algo fresco, lo poco que le quedaba. Mientras tanto (y no obstante esto), la mujer de los ruleros y la nena mogólica refrescaban sus fealdades desparramándose color en las uñas. Unos colores horribles, vale decir, colores baratos. Entró un cantarín desalmado y se puso sobre el mostrador a hacer comentarios con el dueño, que se apuró a avisarnos que no tocásemos la perra pequeña porque era mala, más mala que la mierda. Qué plato: la pequeña mala y el grande bobo. Salió la señora con las bebidas, le pagamos. No estaba del todo convencida de su ánimo, sonreía amable (porque el cliente lo vale), pero resoplaba indignada (porque el corazón también lo vale). Quizás había pasado la mitad de su largo matrimonio ahí adentro, cosechándose trompadas de indiferencia, amaneciendo estrías entre las carnes, sobreponiéndose al furor con que los paseantes exigían refrescos. En todo caso el calor era indignante, la oscuridad del lugar desoladora y los habitantes, con todas sus tripas, material para una narración que no fuese realista en el sentido de las realidades de otras gentes. De la nuestra, por caso.
Nos fuimos a tomar las gaseosas a los acantilados que el mar hacha a la tierra interrumpiendo sus pastos. El agua era una inmensidad mucho más noble desde allí, ni siquiera podíamos intuir África basándonos en los conocimientos cartográficos que hoy se tienen. África era, desde allí, un continente de mentira, cierta humorada de los geógrafos desocupados. África no existía pero sí la tierra interrumpida. Y más allá de la tierra interrumpida la línea que lo separa a uno de la pulsión de muerte y de la muerte en sí. Todos hablando del vértigo, de la tentación de tirarse, de los largos metros que nos separaban del suelo en ese lugar. Todos pensando qué ocurriría si un humano pudiese volar, conjeturando qué haríamos en caso de no ser mortales, qué sentiríamos respecto de la altura si fuésemos medio pájaros. Y los pájaros encima nuestro, cagados de risa por su-puesto.
No demoramos más de medio segundo en entender que la experiencia era magnífica. Uno narró sus aventuras de chico cabalgando su bicicleta por esos lados. Otro refirió unos datos sobre la geografía inglesa. Unos y otros, entumecidos todavía por el deseo de tirarnos (y por su respectivo temor), cosechábamos la prepotencia con que el mar boquea frente a los humanos, con ese devenir salvaje que lo vuelve ajeno en el deseo de sentirlo cercano. Imaginamos qué ocurriría si alguien le sacase el tapón y se vaciara, si de pronto el agua corriese a esconderse en el vacío. Imaginamos caminar sobre ballenas agonizantes, sobre anguilas inútiles, sobre algas desmayadas y secas. Imaginamos la cantidad de cosas que descubriríamos si el mar un día desapareciese para siempre. Cuánto tardaríamos en llorar para llenarlo de nuevo. Cuánto millones de fieles se arrimarían a la arena para humedecerla de nuevo. El mar, como todo dios, depende de la fe de la gente pero en su caso, como es un dios material, concreto, la fe de la gente termina chupándole un huevo y se anima a matar con una desvergüenza tremenda. No sé si hablamos de eso, en todo caso el mar estaba ahí como testimonio de que eso era cierto.
Volvimos a la ciudad, con la humedad encima y la sal corrompiéndonos la piel a gritos. Un vendaval de niños deportistas inundaba las calles como un mar de humanos, menos contundente y más imprecioso. Esa invasión nos impedía llegar hasta cierto lugar pero lo logramos. Vi pasar innumerables mocosos con sus banderas, algunos minusválidos mentales y otros motrices, otros nada de eso. Saltaban, daban trinos como bacterias que hubiesen plagado la ciudad de motivos para reírse. Los pibes con sus pancartas, con sus uniformes partidarios, los pibes con sus abanderadas bellezas, con sus fealdades reducidas, con sus escarapelas de gente abriéndose las venas. Estaban allí con una euforia omnipresente, sus coros se oían más allá de nuestro deseo de oírlos. Eran felices porque habían viajado hasta el mar y muchos de ellos seguramente ni lo conocían. Muchos de ellos sentirían, por primera vez, la soberbia del mar cacheteándolos de prepo. Pensé, justo en ese momento, en lo que sentiría si no lo conociera. Lo conocí mucho antes de tener conciencia y siempre me pareció demasiado cercano aunque haya nacido en la precordillera. Fue siempre un padre, un hermano, un colega. También yo estoy hecho de agua salada, así que. Pero muchos de ellos, muchos de esos pibes, iban a besarse los pies con arena por primera vez en la vida. Tal vez conocer el mar de grande sea una de las experiencias más espeluznantes. Se volvería uno devoto sin paciencia. No puedo imaginar cómo le arderían los ojos esa primera vez que lo viera. Soportaría el alma un choque de olas? Sostendríamos por un segundo la postura? Podríamos hacernos los fuertes frente a tanto desierto aguado?
Me quedé en el instante en que un chico minusválido, montado en su silla, atravesaba la peatonal para encontrar el agua. Quise clausurar mi experiencia y habitarle los sentidos por un momento. La posibilidad de flotar le regalaría, por primera vez en la vida, la emoción de prescindir de las ruedas. Levántate y anda, le diría el mar, levántate y flota, como un dios verdadero.
Gonzalo Quevedo
Noviembre 2008
No huimos por eso: estábamos cautivados por el paisaje. Nos fuimos porque una repentina invasión de bichos volátiles nos espantó la calma. Antes de eso estuve un buen rato boca arriba observando el paso de las nubes. Hay que ver lo que eran: como humo de cigarrillo solapándose en escarcha, como escarcha abandonándose en gas. Y siempre deslizándose despacio, menos despacio, más. Un balbuceo constante del viento vibrándoles adentro. Nubarrones vueltos nubecitas, nubecitas devenidas nubarrones. Y, en esa mecánica, siempre nubes. De pronto copulando, salvajes, en colmena innumerable, barroca. Y luego la pesadez de una sola masa que se despliega, en clave ciertamente minimalista. Un pájaro blanco de alas enormes, un buque marciano aterrizándonos encima. Eso y esperar a que lloviese, sin que llueva. Eso y la negrura de algunos gases que penetraron más tarde para entumecernos el coraje.
Nos levantamos y nos fuimos no por el grisáceo oscuro del paisaje sino, en todo caso, porque la repentina invasión de miniaturas aladas nos molestó. Interrumpido el goce de la contemplación, dejé a un lado mi música y me dispuse a la resignante tarea de doblar el toallón, buscar las sandalias y prender un pucho. Desganados, tibios, íbamos avanzando hacia el auto. Las nubes duraron nada, los alados se fueron enseguida y, nosotros, anclamos en un kiosco de costa casi abandonado para comprar unas bebidas.
Adentro (en el kiosco), el hombre de bigotes del mostrador abanicándose, la señora de camiseta malla amarilla fumándose un oxígeno a resoplos, la del pelo cubierto de ruleros eyaculando sus chismes, la nena mogólica sentada a su lado (insegura de su feminidad todavía), y los dos perros (uno de ellos salvajes) que se acercaron a advertirnos algo. La heladera de bebidas (algo así como una heladera de yogurt de un supermercado) estaba de adorno, vidriera sin vidrio: las bebidas estaban calientes, exhibidas como chascos. Tenía que ir adentro la señora, a su propia heladera, a buscarnos algo fresco, lo poco que le quedaba. Mientras tanto (y no obstante esto), la mujer de los ruleros y la nena mogólica refrescaban sus fealdades desparramándose color en las uñas. Unos colores horribles, vale decir, colores baratos. Entró un cantarín desalmado y se puso sobre el mostrador a hacer comentarios con el dueño, que se apuró a avisarnos que no tocásemos la perra pequeña porque era mala, más mala que la mierda. Qué plato: la pequeña mala y el grande bobo. Salió la señora con las bebidas, le pagamos. No estaba del todo convencida de su ánimo, sonreía amable (porque el cliente lo vale), pero resoplaba indignada (porque el corazón también lo vale). Quizás había pasado la mitad de su largo matrimonio ahí adentro, cosechándose trompadas de indiferencia, amaneciendo estrías entre las carnes, sobreponiéndose al furor con que los paseantes exigían refrescos. En todo caso el calor era indignante, la oscuridad del lugar desoladora y los habitantes, con todas sus tripas, material para una narración que no fuese realista en el sentido de las realidades de otras gentes. De la nuestra, por caso.
Nos fuimos a tomar las gaseosas a los acantilados que el mar hacha a la tierra interrumpiendo sus pastos. El agua era una inmensidad mucho más noble desde allí, ni siquiera podíamos intuir África basándonos en los conocimientos cartográficos que hoy se tienen. África era, desde allí, un continente de mentira, cierta humorada de los geógrafos desocupados. África no existía pero sí la tierra interrumpida. Y más allá de la tierra interrumpida la línea que lo separa a uno de la pulsión de muerte y de la muerte en sí. Todos hablando del vértigo, de la tentación de tirarse, de los largos metros que nos separaban del suelo en ese lugar. Todos pensando qué ocurriría si un humano pudiese volar, conjeturando qué haríamos en caso de no ser mortales, qué sentiríamos respecto de la altura si fuésemos medio pájaros. Y los pájaros encima nuestro, cagados de risa por su-puesto.
No demoramos más de medio segundo en entender que la experiencia era magnífica. Uno narró sus aventuras de chico cabalgando su bicicleta por esos lados. Otro refirió unos datos sobre la geografía inglesa. Unos y otros, entumecidos todavía por el deseo de tirarnos (y por su respectivo temor), cosechábamos la prepotencia con que el mar boquea frente a los humanos, con ese devenir salvaje que lo vuelve ajeno en el deseo de sentirlo cercano. Imaginamos qué ocurriría si alguien le sacase el tapón y se vaciara, si de pronto el agua corriese a esconderse en el vacío. Imaginamos caminar sobre ballenas agonizantes, sobre anguilas inútiles, sobre algas desmayadas y secas. Imaginamos la cantidad de cosas que descubriríamos si el mar un día desapareciese para siempre. Cuánto tardaríamos en llorar para llenarlo de nuevo. Cuánto millones de fieles se arrimarían a la arena para humedecerla de nuevo. El mar, como todo dios, depende de la fe de la gente pero en su caso, como es un dios material, concreto, la fe de la gente termina chupándole un huevo y se anima a matar con una desvergüenza tremenda. No sé si hablamos de eso, en todo caso el mar estaba ahí como testimonio de que eso era cierto.
Volvimos a la ciudad, con la humedad encima y la sal corrompiéndonos la piel a gritos. Un vendaval de niños deportistas inundaba las calles como un mar de humanos, menos contundente y más imprecioso. Esa invasión nos impedía llegar hasta cierto lugar pero lo logramos. Vi pasar innumerables mocosos con sus banderas, algunos minusválidos mentales y otros motrices, otros nada de eso. Saltaban, daban trinos como bacterias que hubiesen plagado la ciudad de motivos para reírse. Los pibes con sus pancartas, con sus uniformes partidarios, los pibes con sus abanderadas bellezas, con sus fealdades reducidas, con sus escarapelas de gente abriéndose las venas. Estaban allí con una euforia omnipresente, sus coros se oían más allá de nuestro deseo de oírlos. Eran felices porque habían viajado hasta el mar y muchos de ellos seguramente ni lo conocían. Muchos de ellos sentirían, por primera vez, la soberbia del mar cacheteándolos de prepo. Pensé, justo en ese momento, en lo que sentiría si no lo conociera. Lo conocí mucho antes de tener conciencia y siempre me pareció demasiado cercano aunque haya nacido en la precordillera. Fue siempre un padre, un hermano, un colega. También yo estoy hecho de agua salada, así que. Pero muchos de ellos, muchos de esos pibes, iban a besarse los pies con arena por primera vez en la vida. Tal vez conocer el mar de grande sea una de las experiencias más espeluznantes. Se volvería uno devoto sin paciencia. No puedo imaginar cómo le arderían los ojos esa primera vez que lo viera. Soportaría el alma un choque de olas? Sostendríamos por un segundo la postura? Podríamos hacernos los fuertes frente a tanto desierto aguado?
Me quedé en el instante en que un chico minusválido, montado en su silla, atravesaba la peatonal para encontrar el agua. Quise clausurar mi experiencia y habitarle los sentidos por un momento. La posibilidad de flotar le regalaría, por primera vez en la vida, la emoción de prescindir de las ruedas. Levántate y anda, le diría el mar, levántate y flota, como un dios verdadero.
Gonzalo Quevedo
Noviembre 2008
(Fotografía de Adriana Lestido)
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